Mitad

mitad “pijo  an”Una de las cosas que le impresionaron y causaron mucha risa cuando era estudiante en la facultad de ” Belles Artes” de Barcelona, según él me me contó una de las pocas veces que se fue de la lengua, fue ver algunas pintadas con la palabra “pijo an” en la fachada de la famosa facultad. Esto era una recreación del nombre del director de dicha institución. Pereiro pasó allí unos siete años, que se dice pronto. Fantástico, no ? tener la suerte de poder estudiar con gente tan interesante. Casi todo el cuerpo docente (ellos más que ellas, todo hay que decirlo) deseaban fervorosamente triunfar en el mundo del arte, ser reconocidos…Nunca supo qué habrá sido de ellos/as. Seguramente y, andando el tiempo, se retiraron al Teide. A ellos ya en aquella época les iba más el sur.Los estudios no le privaron a Pereiro de realizar performances frenéticas a lo largo y ancho de la ciudad y, aún, de todo el continente. En la ciudad dieron que hablar sus “series bares” porque a más de uno lo pilló desprevenido (esos que se creen las mentes privilegiadas de su tiempo y que no se les debe de escapar nada).También se metió en la organización de eventos. Invitado por oaa (Oscar Abril Ascaso) formó parte del Club 7, que junto con J. Casellas y M. Domínguez lo fundaron .La primera etapa en los locales de la FAD fue la mejor, según Pereiro. En Metrònom la cosa cambió. A Pereiro le daba la impresión de que aquella gente no los querían. Los tenían ahí, sí, pero casi mejor que no estuvieran. En todo caso, el Club 7 marcó un antes y un después en la movida performática en la Barcelona de la mitad de los noventa. A lo largo de dos años, el Club 7 programó una performance por semana con un debate posterior donde artista y público tuvieron la oportunidad de debatir libremente sobre el trabajo presentado. Y lo consiguieron sobradamente. La gente hablaba sin remilgos. Nunca había ocurrido nada parecido. Algunos sufrieron de verdad porque era otra manera de hacer y ver la performance. Frente a los aburridos festivales que de vez en cuando se solían presentar en la ciudad y que, dicho dea de paso, ni dios los aguantaba porque parecía un desfile de moda, el Club 7, programaba los trabajos con dignidad y respeto y, además, provocando debates acalorados.Hubo mucho desprecio hacia estos “enfants terribles” del Club 7. Sí, todo el mundo sabía quién luchaba por algo que ya no tenía remedio. El cambio generacional se había dado.